lunes, 18 de marzo de 2013

Confesiones de una puta panameña


Confesiones de una puta panameña
Por:  Serena
 
Pocos saben del cuento, la mayoría no quiere escucharlo y al resto ni les importa.  Pasan de un lado a otro consumidos en sus sueños, deseos y luchas internas.  Y yo los veo pasar, moviéndome de un lado a otro, caminando hacia allá o hacia acá, realmente no me dirijo a ninguna parte a menos que un hombre me invite; sinceramente no es importante que el hombre tenga carro o no, lo importante es que tenga dinero, y es que soy una de las muchas putas de la calle, y a mis 24 años voy para cinco en este oficio que si bien me trajo algunos problemas, no puedo negar que de esto yo vivo, me alimento y a la vez alimento mis sueños de salir de esto, o quizá de no salir jamás.
 
 
No tengo ninguna niñez triste que contar, no tuve un padre abusivo ni una madre posesiva, tampoco vivíamos en la pobreza extrema como suelen contar muchas extranjeras a los tontos que se apiadan de ellas y terminan enamorándose, que es exactamente lo que ellas buscan, por aquello de la nacionalidad y otros enredos.  Me da risa leer en los periódicos y escuchar en TV la "triste historia" de mujeres colombianas que son traídas "engañadas" a Panamá.  De mi experiencia tratando con colombianas debo decir que esto es un mito, creado para suavizar el golpe social en nuestros países dizque católicos.  Fui una chica aplicada en la escuela, con buenas calificaciones, y cuando quise entrar en la Universidad, fui de las primeras en hacer las pruebas en la Tecnológica de Panamá ¿Qué sucedió entonces?
 
En la Universidad conocí a Melissa, una chiricana muy guapa que parecía no tener problema en su vida: era bonita, no atravesaba los problemas económicos que solemos tener los universitarios, siempre estaba a la moda y siempre tenía novio nuevo.  Nos hicimos amigas bastante rápido, antes de que llegaran a mis oídos los sobrenombres de "puta", "zorra" y "facilita" lo cual ignoré en un principio pues conocía de sobra lo crueles que pueden ser los hombres, pero en un cierto momento me percaté de sus atuendos, de que siempre tenía dinero a la mano, y de que jamás la podía localizar después de las 8 de la noche.  Era lo suficientemente inteligente para darme cuenta de que estaba ante una prepago, pero no era lo suficientemente fuerte para no aceptar su oferta.
"En las discotecas se hace buen dinero con los chicos", "tu tienes cara de pelaíta así que gustarás mucho allá".  Debo decir que la idea del dinero y diversión me tentó y no lo pensé mucho, y acepté.
Mi primer cliente fue un chico un poco torpe en el sexo pero muy conversador.  No lo disfruté, estaba tan tomado que su erección le tomó 20 minutos para que en otros 5 se viniera.  No protesté, además ese día me dio 50 dólares y fue un cliente fiel.  La plata borró cualquier culpa o remordimiento que mi mente tuviera.  En un par de meses conocí muchas discotecas y en todas tenía éxito, siempre salía con un cliente, pero rechazaba a los hombres muy borrachos, los que aparentaban ser maleantes o los de raza negra.  Estos últimos por el mito de la verga grande que con el tiempo descubrí que solo era eso: un mito, los negros la tienen del mismo tamaño o aun más chica que los cholitos o los blancos, debo decir que la más grande que he visto fue la de un marino italiano que sin embargo, era todo un caballero, aunque le entendía poco, el sexo es un lenguaje universal.
 
 
En una discoteca me llevaron detenida por una riña dentro del local, por primera vez fui a la corregiduría y me impusieron 50 dólares; eso me hizo meditar un poco: me estaba quedando sin plata, no ahorraba nada y ahora vivía alquilada, tuve que buscar de mesera en un bar cercano a la Avenida Central, pero seguía saliendo con hombres.  Yo era la única panameña del lugar, la mayoría eran colombianas y nicaragüenses, mi "cara de niña" al parecer gustó a los clientes y la dueña me permitió "fichar": cada ficha equivale a un trago pagado por el cliente al que acompañas, si es una cerveza, ganas un dólar por ficha, si es un trago más fuerte, 2.50, una Smirnoff 4 dólares y un vino, 7 dólares.  Durante varios meses fui la "novedad" del bar, muchos clientes pagaban por mi compañía y al final de la noche llegaba la dueña y yo me encontraba repleta de fichas, además de que desde mi temprana adolescencia aprendí a tolerar el alcohol.  La verdad me fue bien hasta que gracias a un hombre que, por darle celos a una nicaragüense, se tomó unos tragos conmigo, al salir del local la mujer quiso apuñalarme y logró hacerme un corte leve en el hombro cuya cicatriz conservo. 
 
Una chica me recomendó en "La Bocatoreña" donde solo estuve un mes, ya que ese régimen no está hecho para panameñas, y al parecer todos los hombres de Panamá entran allí: varios vecinos, un primo, excompañeros de la universidad y hasta un profesor de Métodos Numéricos.  Desde entonces estoy en la calle, y ya las conozco casi todas, y en todas me conocen a mí:  en la esquina de Lumicentro en la Justo Arosemena, en la Cinco de Mayo, en la antigua Migración así como por El Hatillo, frente al Marriot y hasta en Calle Uruguay, es mi mundo, y no le echo la culpa a nadie ni reclamo ser víctima de la sociedad, simplemente soy una puta, de las muchas que hay.  Dicen que la realidad desafía en ocasiones a la ficción, pues esta es mi realidad y aunque he sido muy discreta en mi vida diaria, no oculto lo que soy, y si me permiten una cuña gratis, aspiro entrar a internet y ver cómo me va.  Me llaman Serena (siempre me gustó Sailor Moon), estoy en cualquier esquina en el momento que necesites, tal vez yo pueda darte eso que tu mujer o tu novia te niegan. Chaíto.

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