lunes, 15 de junio de 2015

Reportaje: Prostitución se sale de control y pone en riesgo la salud pública

Judit Peña
jupena@elsiglo.com

Como un mercado de carne fresca en el que las mujeres se ofrecen al mejor postor, así cuenta Manuel (*) que se sintió al entrar a un establecimiento que entre sus paredes comerciales esconde a plena vista un mundo de prostitución.
 


‘Qué buscas, papito, escuchaba en cada paso que daba', cuenta Manuel al recordar que en el edificio, ubicado en el corazón de la plaza 5 de Mayo, se puede encontrar pasillos repletos de mujeres que venden su cuerpo por un par de dólares.

Son mujeres bien parecidas, esbeltas y otras voluptuosas, que por la módica suma de $10 a $25, dependiendo del favor sexual que se busque, darán un máximo de quince minutos de placer.
 
Mientras en la planta baja del edificio encuentras zapatos, ropa y joyería, en los siguientes tres niveles de la estructura, según una investigación encubierta que realizó El Siglo, se encuentran al menos 75 mujeres entre dominicanas, colombianas, nicaragüenses y panameñas, que practican la prostitución clandestina a plena luz del día. Son tres pisos que albergan unos 12 cuartos por nivel.

Una vez adentro del inmueble, Manuel, el periodista encubierto, detectó cómo las extranjeras, que en su mayoría no cuentan con un estatus migratorio legal en el país, sin saberlo, confesaron el temor que sentían de ser atrapadas cometiendo esta ilegalidad.

‘Siento miedo', dijo una de las chicas al sospechar que su posible cliente podría ser parte de las autoridades de Salud o de Migración.

Pero el edificio, que bien disfrazado, guarda entre sus paredes los secretos ocultos de madres, hijas, esposas y hermanas, no es exclusivo de la prostitución, pues personas comunes y corrientes viven en esta vieja construcción.

A inicios de los años 90 en el edificio funcionaba la oficina de un abogado que tramitaba documentos a las primeras extranjeras que abrieron la puerta a la prostitución en el inmueble, según relatan los lugareños.
 

Sin control total

Para las autoridades del Ministerio de Salud (MINSA), el desarrollo de esta actividad en ese edificio no es un secreto.

‘Sí, sabemos que en ese edificio se lleva a cabo la actividad sexual de manera clandestina', dijo el subdirector de la Región Metropolitana de Salud, Torick Arce, quien admitió que es muy difícil controlarla.

Arce advirtió que este no es el único lugar que se dedica a ofertar trabajadoras sexuales de manera oculta, pero a la vista de todos.

Mencionó que hoteles, restaurantes, en el área bancaria de la ciudad, páginas web y anuncios en los periódicos, también se prestan para que este servicio ilegal prolifere.

En estos establecimientos, aseguró, es muy difícil exigirles carné a las meretrices, pues los dueños de los negocios las protegen.

‘Es un riesgo, pues cada trabajadora sexual que realiza la actividad de forma clandestina, puede ser un agente transmisor de enfermedades', resaltó.

Aceptó que es muy complicado llevar un control de estas trabajadoras, pues son ellas quienes voluntariamente deben asistir a sus chequeos médicos.

Anuncios engañosos

Con una falsa ingenuidad y con la esperanza de mejorar sus ingresos, Rosario (*), decide hacer una llamada que le cambiará la vida. Vio un anuncio en el que se solicitaban damas de compañía y en el que la paga era demasiado buena: $1,000 semanales como mínimo.

¿Pero en realidad qué tendría que hacer Rosario? Vender su cuerpo. Esta publicidad que promete un empleo fácil busca mujeres jóvenes entre 18 y 35 años que además de acompañantes sirvan de amantes.

Al llamar a varias de estas ‘empresas', El Siglo pudo constatar que se trata de una red de prostitución que opera en distintas partes de la capital, principalmente en el área de El Dorado.

Durante la conversación telefónica, que sostuvimos con un proxeneta, dueño o administrador de la empresa, detectamos que aunque manejaba muy bien el español tenía acento que revelaba que su habla nativa era la inglesa. Este hombre manifestó que ‘se trata de un negocio de chicas ‘prepago' (sexoservidoras), que trabajarían 10 horas al día, seis días a la semana.

‘La paga es buenísima y tendrías que venir a un lugar en El Dorado', explicó el sujeto mientras se citaba con una de las chicas encubierta.

Muchas de las mujeres que se convierten en sexoservidoras pertenecen a grupos no vulnerables, pues están en las universidades y trabajan vía telefónica o por anuncios en los periódicos. De esta manera se convierten en sus propios jefes.

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